Hace años que en Argentina el Día del Trabajador y la Trabajadora dejó de ser una jornada de celebración para convertirse en un recordatorio de las deudas pendientes. La crisis social y económica golpea con fuerza a quienes sostienen el país desde el trabajo cotidiano, y las mujeres son las más expuestas: relevamientos nacionales e internacionales muestran que son mayoría como jefas de hogar y que cargan, además, con una tercera jornada invisible, la de los cuidados.
La situación de las trabajadoras de casas particulares es quizás la más cruda, con salarios bajos y escasa protección. Pero la crisis industrial también arrasa con empleos en fábricas textiles y metalúrgicas, afectando a hombres y mujeres por igual, y dejando familias enteras sin sustento. En Tierra del Fuego, los datos del INDEC reflejan un retroceso histórico: la desocupación en Ushuaia y Río Grande alcanza el 6,6%, lo que equivale a unas 6.000 personas sin empleo, cuando hace apenas unos años la provincia mostraba índices de apenas 3 o 4%.
En este contexto, hablar de festejo parece un despropósito. Los alimentos básicos se han convertido en un lujo: el asado, símbolo de la mesa argentina, hoy es inaccesible para gran parte de la población. Los sueldos no alcanzan para cubrir necesidades elementales y cada vez más personas deben multiplicar sus jornadas en dos o tres empleos para llegar a fin de mes, mientras el discurso oficial niega la realidad. El INDEC informó que el desempleo nacional cerró 2025 en 7,5%, afectando a más de 1,7 millones de personas, y que la informalidad laboral alcanza al 43% de los trabajadores.
La brecha entre la clase política y la clase trabajadora se ensancha peligrosamente. Mientras se discuten reformas y se reparten culpas, la pobreza infantil avanza: más de la mitad de los niños en Argentina son pobres (53–54%), y un tercio sufre inseguridad alimentaria. En Río Grande, el dato local es contundente: de 8.000 niños que recibían copa de leche, hoy son más de 10.000.
El 1° de Mayo nos recuerda que el trabajo es más que un derecho: es la base de la dignidad y de la vida en comunidad. Pero también nos obliga a mirar de frente las desigualdades, a reconocer la deuda con las mujeres y con los sectores más vulnerables, y a exigir que la política vuelva a estar al servicio de quienes sostienen el país con su esfuerzo.





